Manifiesto por una Revolución Ecosocialista: Consecuencias posibles en Filipinas

Presentaciones del Manifiesto de la Cuarta Internacional por una revolución ecosocialista - Romper con el crecimiento capitalista en una discusión para académicos y dirigentes, activistas de movimientos sociales y organizaciones políticas, coorganizada por el IIRE-Filipinas y el Partido Manggagawa, en septiembre de 2025 por Daniel Tanuro “Manifiesto por una Revolución Ecosocialista: Consecuencias posibles en Filipinas” a continuación y Maral Jefroudi “Introducción al Manifiesto por una Revolución Ecosocialista: Trabajar menos, vivir mejor”.

En su último congreso mundial, la Cuarta Internacional adoptó un documento titulado “Manifiesto por una revolución ecosocialista - Romper con el crecimiento capitalista”. El objetivo de esta conferencia no es entrar en los detalles de este texto, sino presentar los problemas que aborda. Como conclusión, sugeriré algunos elementos para una posible concreción dentro del marco de Filipinas.

Punto de partida: la enorme amenaza de la “crisis ecológica”

El punto de partida es la llamada “crisis ecológica global”. En nuestra opinión, esta crisis nos enfrenta a una situación de amenaza existencial sin ningún precedente histórico, no solo en la historia del capitalismo, sino también en la historia de la humanidad.

Los científicos identifican nueve parámetros para la sostenibilidad humana en el planeta Tierra:

  1. El cambio climático (principalmente debido a la concentración atmosférica de CO2, causada sobre todo por la combustión de combustibles fósiles);
  2. La pérdida de biodiversidad (el ritmo de esta pérdida es actualmente mayor que cuando desaparecieron los dinosaurios, hace 60 millones de años);
  3. La contaminación del aire por partículas (causa de numerosas enfermedades respiratorias);
  4. El envenenamiento de los ecosistemas por “nuevas entidades químicas” (nucleidos radiactivos, pesticidas, PFAS… en su mayoría cancerígenos, algunos de los cuales se acumulan porque no pueden —o solo muy lentamente— ser destruidos de forma natural);
  5. El cambio en el uso de la tierra y la degradación de los suelos (deforestación, erosión, pérdida de nutrientes, destrucción de humedales…);
  6. La acidificación de los océanos (que provoca la muerte de los arrecifes de coral, puntos calientes de biodiversidad);
  7. Los recursos de agua dulce;
  8. La perturbación de los ciclos del Nitrógeno y del Fósforo (el uso excesivo de nitratos y fosfatos en la agricultura causa un fenómeno conocido como eutrofización: el crecimiento excesivo de algas agota el oxígeno disuelto en el agua);
  9. El estado de la capa de Ozono estratosférico (que nos protege de los rayos UV).

Para cada uno de estos parámetros, los científicos determinaron un “límite” de sostenibilidad. El límite no es una frontera estricta, pero cruzarlo significa entrar en una zona peligrosa e insostenible. Hace quince años, los investigadores estimaban que se habían sobrepasado tres límites: CO2, biodiversidad y nitrógeno. En este momento, estiman que se han cruzado siete límites. El único indicador que evolucionó positivamente es el estado de la capa de Ozono (porque se tomaron medidas adecuadas, no neoliberales —por razones específicas que no se desarrollarán aquí). Todavía no se ha determinado un límite claro para la contaminación del aire por partículas.

Alcanza con leer esta lista de parámetros para entender que la llamada “crisis ecológica” es también una enorme crisis social con consecuencias posibles gigantescas. Estas consecuencias son bien conocidas, especialmente en su país: tifones más violentos, lluvias más intensas, sequías más prolongadas, olas de calor más fuertes, más deslizamientos de tierra, más inundaciones costeras y fluviales, aumento del nivel del mar, etc. Todos estos fenómenos están empeorando y seguirán empeorando si nada cambia.

Si dejamos de lado la capa de Ozono, las demás cuestiones están muy entrelazadas, y el cambio climático cumple un rol central en el conjunto. El calentamiento global acelera la pérdida de biodiversidad; la quema de combustibles fósiles es una causa mayor de la contaminación del aire por partículas; la acidificación de los océanos resulta del aumento de la concentración atmosférica de CO2; la deforestación es la segunda fuente de emisiones de CO2; los nitratos en exceso se degradan en un potente gas de efecto invernadero (óxido nitroso); los pesticidas y los PFAS son productos de la industria fósil (petroquímica)…

Los científicos vienen alertando desde hace décadas sobre una catástrofe, pero los gobiernos no hicieron nada —o casi nada—. Hoy, algunos jefes de Estado, como Trump y Milei, niegan abiertamente la realidad. Otros toman medidas que son groseramente insuficientes, ineficaces e incluso pueden empeorar la situación; además, en este momento, las cuestionan en nombre de la competitividad.

Como resultado de esta actitud, la catástrofe ya no es una posibilidad. De hecho, ya entramos en la catástrofe, y está avanzando cada vez más rápido. Si nada cambia, si no se aplica un plan de emergencia, quedará fuera de control. El estado físico de la Tierra cambiará y no habrá posibilidad de revertirlo. La catástrofe se convertirá en un cataclismo, comparable al que causó la desaparición de los dinosaurios. Según algunas investigaciones recientes, una sucesión de “retroalimentaciones positivas” que se activan a partir de los 2°C de calentamiento podría bastar para empujar al planeta por este camino irreversible.

Aunque no son responsables, los pobres son las principales víctimas, especialmente en los países más pobres. En este momento, según el IPCC (AR6, grupo de trabajo 2, informe completo), tres cuartas partes de las áreas agrícolas del mundo experimentan pérdidas de rendimiento inducidas por sequías meteorológicas; entre 3 y 3,5 mil millones de personas están fuertemente afectadas por el cambio climático; cuatro mil millones de personas sufren una grave escasez de agua al menos durante parte del año. La mayoría de estas personas son pobres en los países más pobres. La existencia misma de estas personas está en riesgo.

Un destacado climatólogo, ex copresidente del grupo de trabajo 1 del IPCC, dijo recientemente en una entrevista: al ritmo actual, nos dirigimos a un aumento de 4 °C de la temperatura media global en las próximas décadas. Nadie sabe exactamente cómo sería la Tierra en esa situación, pero una cosa es absolutamente segura: un planeta tan caliente no podría sostener la vida de 8 mil millones de seres humanos; probablemente solo podría sostener la mitad de ese número.

El sentido común más básico debería dictar tomar urgentemente medidas drásticas de justicia social y ecológica. ¿Por qué no se toman? ¿Qué es lo que es más fuerte que el sentido común básico, más fuerte que el instinto de supervivencia colectiva? La respuesta es clarísima: la carrera por la ganancia, que inevitablemente implica producir cada vez más mercancías a un costo cada vez menor, creando así desigualdades y discriminaciones sociales cada vez mayores.

La simple verdad es que el capitalismo es un sistema productivista, y ese productivismo es un destructivismo. El capitalismo social no existe. El capitalismo verde no existe, por la misma razón. Tenemos que intentar deshacernos de este sistema absurdo. Si no, aplastará a las clases populares y posiblemente destruirá a la humanidad y a la naturaleza de la que forma parte.

Una revolución —una revolución social, ecológica, feminista y anticolonialista a escala global— es objetivamente necesaria. Este es el punto de partida de nuestro Manifiesto.

Una perspectiva histórica global renovada

Este punto de partida no es nuevo. Pero implica una perspectiva histórica global renovada. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels escribieron que el proletariado debe tomar el poder político “para aumentar las fuerzas productivas totales lo más rápidamente posible”. Esto ya no es una opción a escala global. Incluso una economía estacionaria ya no es una opción. A nivel global, el hecho de que se hayan sobrepasado los límites de sostenibilidad significa que el capitalismo nos llevó demasiado lejos. Tenemos que retroceder, punto. Aumentar las fuerzas productivas es lo que hace el capitalismo. Tenemos que disminuirlas globalmente. En otras palabras, el decrecimiento es objetivamente necesario. El decrecimiento no es un proyecto de sociedad —el ecosocialismo es nuestro proyecto—. No es una demanda. Es una restricción que debemos tener en cuenta en la transición hacia otra sociedad.

Esta perspectiva global de decrecimiento parece completamente en desacuerdo con la situación de un país como Filipinas y otros países pobres. En efecto, una enorme cantidad de necesidades sociales sigue insatisfecha. Un cuarto de la población no tiene suficiente comida. Es necesario desarrollar el sistema educativo, el sistema de salud, un sistema de distribución que provea agua potable a todos, y así sucesivamente.

Estas necesidades son plenamente legítimas. Nadie puede negarlas; deben ser satisfechas. Obviamente, esto implica un cierto tipo de crecimiento económico. Se necesita cemento para construir viviendas dignas para todos. Se necesita energía para producir ese cemento. Se necesitan capacidades para enfrentar todos estos desafíos, en interés de los pobres.

En otras palabras, la humanidad solo puede enfrentar la crisis social-ecológica respetando el principio fundamental de las “responsabilidades y capacidades comunes pero diferenciadas” consagrado en la CMNUCC. Los países desarrollados son responsables de la crisis; deben pagar por ella. Tienen las capacidades; deben transferirlas. Deben reducir sus emisiones un 15% por año. Esto solo es posible mediante un decrecimiento económico radical, que también tenga en cuenta a los pobres de esos países.

Pero el desafío del decrecimiento también concierne a los países pobres. En efecto, el principio de “responsabilidades y capacidades comunes pero diferenciadas” no significa que estos países puedan seguir el patrón de desarrollo que siguieron los países desarrollados.

Ese patrón estuvo basado —y aún lo está— en los combustibles fósiles y el agronegocio. La clase dominante global y las “élites” capitalistas del Sur global afirman que este patrón extractivista permitirá incluso a los países más pobres alcanzar a los más desarrollados. Esto es totalmente falso. La verdad es que si los países pobres continúan aplicando este patrón de “desarrollo” —como hace China—, empeorará la catástrofe que padecen los pobres, incluyendo acelerar la transformación de la catástrofe en cataclismo. ¡Se entiende de inmediato que esta no es una perspectiva razonable!

Consecuencias para los países más pobres

Esto lleva a nuestro Manifiesto a una conclusión importante. Cito: “El discurso de ‘el Sur alcanzando al Norte’ es una quimera, una cortina de humo para ocultar la continuación de la explotación capitalista e imperialista, que amplía las desigualdades. Con el aumento de los desastres ecológicos, este discurso pierde toda credibilidad. (…) No es tiempo de ‘alcanzar’, sino de un reparto planetario (…) Para satisfacer sus necesidades, los pueblos de los países dominados necesitan un modelo de desarrollo radicalmente opuesto al imperialista y productivista, un modelo que priorice los servicios públicos para las masas populares, y no la producción de mercancías para el mercado mundial. Este modelo anticapitalista y antiimperialista expropia a los monopolios en los sectores de las finanzas, la minería, la energía y el agronegocio, y los socializa bajo control democrático.”

El Manifiesto va más lejos. Diferencia entre los llamados países “emergentes” y los países más pobres como Filipinas, que emiten por año en promedio 1,4t de CO2 per cápita (menos que el promedio per cápita necesario a nivel global para respetar el Acuerdo de París).

Cito: “Especialmente en los países más pobres, la necesidad de satisfacer las necesidades de la población requerirá un aumento de la producción material y del consumo de energía durante un cierto período. En el marco del modelo de desarrollo alternativo y de otros intercambios internacionales, la contribución de estos países al decrecimiento ecosocialista global y al respeto de los equilibrios ecológicos consistirá en:

  • Imponer una reparación justa a los países imperialistas.
  • Cancelar el consumo ostentoso de la élite parasitaria.
  • Combatir los megaproyectos ecocidas inspirados por políticas capitalistas neoliberales, como oleoductos gigantes, proyectos mineros faraónicos, nuevos aeropuertos, pozos petroleros offshore, grandes represas hidroeléctricas e inmensas infraestructuras turísticas que apropian el patrimonio natural y cultural en beneficio de lxs ricxs.
  • Reforma agraria ecológica para sustituir el agronegocio industrializado.
  • Rechazar la destrucción de biomas por parte de ganaderxs, plantaciones de aceite de palma, el agronegocio en general y la industria minera; el “compensación forestal” (proyectos REDD y REDD+), así como los “acuerdos pesqueros” que entregan recursos pesqueros a las multinacionales de la pesca industrial, etc.”

Un Programa Transicional renovado: mujeres, campesinos, pueblos indígenas

La nueva perspectiva antiproductivista del Manifiesto implica un esfuerzo por renovar nuestro programa, es decir, nuestra visión del mundo por el que luchamos, nuestras demandas y nuestra estrategia. No puedo desarrollar todos estos aspectos en detalle. El mundo por el que luchamos es el tema del importante capítulo dos de nuestro documento. Está construido sobre la idea de que, una vez satisfechas democráticamente las necesidades fundamentales, el ser es más importante que el tener. En cuanto a las demandas transicionales que forman un puente hacia la nueva sociedad, seguimos fieles al método delineado por León Trotsky y asumimos plenamente las demandas que él planteó, como la expropiación de los grandes grupos capitalistas, la reducción de la jornada laboral, el control obrero, etc. Pero ampliamos el alcance.

Ampliamos el alcance porque consideramos que todos los movimientos sociales forman parte de la lucha de clases. Cito: “La lucha de clases no es una abstracción fría. ‘El movimiento real que abole el estado actual de cosas’ (Marx) la define y designa a sus actores. Las luchas de las mujeres, de las personas LGBTQI, de los pueblos oprimidos, de las poblaciones racializadas, de los migrantes, de los campesinos y de los pueblos originarios por sus derechos no son simplemente adyacentes a las luchas de los trabajadores contra la explotación del trabajo por parte de los patrones. Son parte de la lucha de clases viva. Lo son porque el capitalismo necesita la opresión patriarcal de las mujeres para maximizar la plusvalía y asegurar la reproducción social a menor costo; necesita la discriminación contra las personas LGBTQI para validar el patriarcado; necesita el racismo estructural para justificar el saqueo de la periferia por el centro; necesita políticas de asilo inhumanas para regular el ejército industrial de reserva; necesita someter al campesinado a los dictados del agronegocio productor de comida chatarra para comprimir el precio de la fuerza de trabajo; y necesita eliminar la relación respetuosa que las comunidades humanas aún mantienen consigo mismas y con la naturaleza, para reemplazarla por su ideología individualista de dominación, que transforma lo colectivo en autómata y lo vivo en cosas muertas.”

El Manifiesto otorga un lugar central a las demandas feministas. Las mujeres cuidan más que los varones. Las razones se discuten entre feministas: ¿se debe a su naturaleza o a la opresión patriarcal? Creemos que la opresión patriarcal es el factor clave, pero ese no es el punto aquí. El punto es que “cuidar” es lo que necesitamos con urgencia para enfrentar la catástrofe ecosocial: necesitamos cuidar a las personas y a la naturaleza.

Cuidar implica reconocer la importancia central de la reproducción social en comparación con la producción. Esta importancia solo puede crecer en el contexto del giro necesario hacia un decrecimiento justo y ecosocialista. Hoy, no es casualidad que la derecha, la extrema derecha y las fuerzas reaccionarias en general ataquen ferozmente los derechos de las mujeres, en particular su derecho a controlar su propio cuerpo, sus propias capacidades reproductivas. El virilismo y el machismo son utilizados y fomentados por la extrema derecha como armas de dominación sobre las mujeres. Esta dominación sobre las mujeres es parte de un proyecto reaccionario más amplio de dominación de la sociedad y apropiación de la naturaleza por parte del capital. En última instancia, la creciente violencia contra las mujeres (y contra las personas LGBT+) es una expresión de que la clase dominante está decidida a defender su sistema de explotación de las personas y de la naturaleza por todos los medios necesarios.

La importancia otorgada a los pueblos indígenas es otro ejemplo de nuestro enfoque renovado del programa transicional. Aunque son una minoría de la población mundial, los pueblos indígenas aportan la evidencia de que otra relación entre la humanidad y el resto de la naturaleza es posible. Su testimonio tiene una enorme significación ideológica. Cito: “los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales están a la vanguardia de la lucha contra la dominación destructiva del capitalismo sobre sus cuerpos y territorios. En muchas regiones, son incluso la vanguardia de nuevos movimientos revolucionarios de las clases subalternas. Por lo tanto, reconocemos que son una parte fundamental del sujeto revolucionario del siglo XXI.”

Por las mismas razones, el Manifiesto también otorga gran importancia a las luchas y demandas de los pequeños campesinos contra el agronegocio. Cito: “Se necesitan políticas proactivas para detener la deforestación y reemplazar el agronegocio, las plantaciones industriales de árboles y la pesca a gran escala por agroecología campesina, ecoforestación y pesca artesanal, respectivamente. (…) Los agricultores y pescadores deben ser justamente compensados por la comunidad, no solo por su contribución a la alimentación humana sino también por su contribución ecológica. (…) La soberanía alimentaria, en línea con las propuestas de Vía Campesina, es un objetivo clave. Requiere una reforma agraria radical: la tierra debe ir para quienes la trabajan, especialmente las mujeres. Expropiación de los grandes terratenientes y del agronegocio capitalista que produce mercancías para el mercado mundial. Distribución de la tierra a los campesinos y campesinos sin tierra (familias o cooperativas) para la producción agrobiológica.”

Una estrategia renovada

Un programa renovado implica lógicamente una estrategia renovada. El Manifiesto rompe con la visión dogmática de la lucha de clases como la acción de una clase obrera industrial objetivada/idealizada, principalmente masculina. No solo las luchas de las mujeres, la juventud, los pueblos originarios, los pequeños campesinos, los migrantes y las personas LGBT+ forman parte de la lucha de clases, sino que desempeñan un papel decisivo en determinadas circunstancias. Miren a Greta Thunberg cruzando el Atlántico en velero y movilizando una manifestación climática de 500.000 personas en Montreal, o navegando hacia Gaza para romper el bloqueo de Israel: con esas acciones, ¡está en la primera línea de la lucha de clases!

Además, estas luchas ayudan a combatir la ideología productivista dentro de la clase trabajadora. Por cierto, este punto ya había sido señalado por Lenin en su lucha contra el “obrerismo” y el “economicismo” (en “¿Qué hacer?”): “La conciencia política de clase solo puede ser llevada a los trabajadores desde afuera; es decir, desde fuera de la lucha económica, desde fuera de la esfera de relaciones entre trabajadores y empleadores”. Por eso el Manifiesto, en su último capítulo, insiste en la importancia de una estrategia basada en la convergencia y articulación de las luchas. No es un camino fácil, porque cada movimiento social tiene su propio ritmo y sus especificidades. Por eso mismo es crucialmente importante construir partidos políticos con militantes activos en los distintos movimientos sociales.

Un plan de emergencia por la justicia climática y social en Filipinas?

El Manifiesto Comunista no fue un punto de llegada sino un punto de partida del pensamiento de Marx y Engels.

Lo mismo vale para nuestro Manifiesto Ecosocialista, aunque por supuesto no tenga la misma ambición histórica. Nuestro Manifiesto, en realidad, no es más que un diagnóstico, una perspectiva que surge de ese diagnóstico y algunas orientaciones estratégicas y programáticas. Estas orientaciones deben concretarse y profundizarse a nivel de los distintos países y grupos de países.

Según el World Risk Report de 2017, Filipinas es el tercer país más vulnerable al cambio climático. No solo los pobres serán las principales víctimas, sino que el desastre creará nuevos pobres y alimentará una espiral de vulnerabilidad ante los desastres y de desigualdades sociales. En este contexto, la concreción del Manifiesto podría consistir en elaborar algo como un “Plan de Emergencia por la Justicia Climática y Social”. La ambición debería ser abordar los principales problemas sociales y ecológicos combinados, teniendo en cuenta la extrema urgencia de una respuesta coherente, planificada e inmediata.

Hay un libro muy conocido de Eduardo Galeano titulado Las venas abiertas de América Latina. En realidad, las venas de Filipinas también están abiertas, por las mismas razones: colonialismo (por el mismo colonizador…) y saqueo imperialista con la complicidad de las “élites” locales corruptas. La situación es incluso peor que la descrita por Galeano, porque no solo se saquean sus fuerzas de trabajo y recursos naturales, sino que, como “contraparte”, también están soportando el peso de la catástrofe ecosocial provocada por las potencias capitalistas.

¿Cómo podría ser un plan de emergencia por la justicia climática y social? Sobre la base de lo que vimos y aprendimos en los últimos días, el corazón de la alternativa podría ser una reforma agraria radical orientada a la generalización de la agroecología, teniendo en cuenta los derechos de los pueblos originarios y la protección de la biodiversidad. El veinte por ciento de la población activa trabaja en la agricultura, el 60% en el sector de servicios (ampliamente informal). La cuestión de la tierra es decisiva para detener —y posiblemente revertir— el éxodo rural, el crecimiento insostenible de una megaciudad como Manila y sus barrios marginales, la emigración de millones de jóvenes (principalmente mujeres) hacia el Golfo y otros países, y los problemas de salud derivados del envenenamiento y destrucción del ambiente.

Los desafíos son enormes y no deben subestimarse. Requieren respuestas estructurales. En mi opinión, una reforma agraria radical y democrática podría ser el pilar central de un plan que responda a las necesidades básicas en salud, agua, vivienda, saneamiento y educación.

Tomemos como ejemplo las amenazas que enfrentan Manila y su región. Estas resultan de la combinación de la pobreza acumulada (debida al modo de desarrollo capitalista) con el hundimiento acelerado del suelo (por la extracción excesiva de agua subterránea), el aumento del nivel del mar y la creciente violencia de los tifones (ambos por el cambio climático). El “aumento relativo del nivel del mar” suma los efectos del aumento global del nivel del mar, las marejadas ciclónicas y el hundimiento del suelo. Los científicos estiman que el aumento relativo del nivel del mar en la Bahía de Manila durante el siglo pasado fue de 60 cm (tres veces el aumento global). Podría alcanzar 2,04 metros para 2050. Un aumento así inundaría permanentemente entre 60 y 80 kilómetros cuadrados solo en el área metropolitana de Manila. Cabe destacar que estas cifras no incluyen los crecientes riesgos de inundaciones fluviales debido a lluvias intensas más frecuentes y al mal uso del suelo (deforestación, etc.)… ni los posibles impactos de la (probable) desintegración de partes de los casquetes de hielo de la Antártida.

Una gran proporción de los asentados informales vive en las zonas más vulnerables de la Bahía de Manila. Millones de personas pobres están en riesgo, especialmente mujeres, niños y personas mayores. El alojamiento y los diques no serán suficientes para evitar el peligro. Por el contrario, una respuesta de “business as usual” podría aumentar el riesgo (eso es exactamente lo que el IPCC llama “maladaptación”: adaptación que incrementa los riesgos), especialmente si se implementa de manera tecnocrática, sin control democrático ni participación de las comunidades.

La reubicación parece inevitable. Pero la reubicación también debe organizarse social y democráticamente. Muy a menudo, los gobiernos usan los desastres como estrategia para desalojar a los pobres. Hasta donde sé, ese parece ser el caso en Manila. Según ciertos estudios, 6.000 hogares han sido reubicados en zonas sin acceso a necesidades básicas, convirtiéndolos en nuevos barrios marginales. El último informe del IPCC menciona que, en Manila, “la fragmentación de la infraestructura urbana destinada a promover la resiliencia climática resultó en una reducción marginal de la vulnerabilidad; el aumento de la vulnerabilidad de las comunidades excluidas más que compensó la disminución de la vulnerabilidad de las comunidades más acomodadas”. La razón es política: “planes de adaptación evaluados principalmente desde el prisma de la viabilidad económica/financiera”.

La reubicación y otras medidas de adaptación son demandas inmediatas que requieren un compromiso claro con la justicia social, la ecología y la democracia. La reubicación, en particular, implica planificación, propiedad pública de la tierra, empresas públicas para construir viviendas dignas en un entorno urbano adecuado, y control popular para evitar escándalos de corrupción. Más ampliamente, la reubicación implica un modelo de desarrollo que rompa con las distintas formas de extractivismo (minería, agronegocio y pesca industrial) que alimentan un subdesarrollo malo y desigual (el hecho de que Filipinas no sea autosuficiente en la producción de arroz habla por sí solo). En otras palabras, combatir las amenazas socioecológicas requiere medidas que comiencen a avanzar sobre las reglas capitalistas.

Una lucha por el poder político

Plantear los problemas urgentes e inmediatos vinculándolos con soluciones anticapitalistas fue el método transicional aplicado por Lenin en su famoso texto La catástrofe que se avecina y cómo combatirla. Todos deberíamos releerlo; es una fuente de inspiración.

Un plan de emergencia anclado en los principales problemas y amenazas ecosociales inmediatas podría parecer exagerado o irrealista. Pero, muy probablemente —lamentablemente—, el desarrollo de la catástrofe demostrará su pertinencia y urgencia a los ojos de una parte creciente de la población.

Este desarrollo de la conciencia podría ser más lento que en Rusia entre julio y octubre de 1917 (Lenin escribió La catástrofe que se avecina en julio). Esto se debe a que el ritmo de la catástrofe ecosocial es todavía relativamente lento en este momento. Pero este ritmo no es lineal, lo que significa que una aceleración repentina es posible. Debemos hacer sonar la alarma con vigor.

En el caso del aumento del nivel del mar, como dije antes, existe una probabilidad muy alta de la desintegración de un enorme glaciar en la Antártida (el glaciar Totten). Nadie sabe cuándo ocurrirá, pero los científicos lo consideran inevitable y provocará un aumento inmediato del nivel del océano de al menos 1,5m…

Para dar otros dos ejemplos: según el IPCC, debido al calentamiento global y a la muerte de los arrecifes de coral, el potencial máximo de pesca en los mares de Filipinas podría disminuir un 50% para 2050 en comparación con los niveles de 2001-2010; según el World Resource Institute, el país sufrirá un alto grado de escasez de agua para 2040, con consecuencias negativas especialmente en la agricultura (–10% de rendimiento del arroz por cada 1°C de calentamiento).

Por supuesto, un plan de emergencia por la justicia social y ecológica solo es posible si está vinculado a una lucha por el poder político. De hecho, la realización del plan supone un gobierno basado en las necesidades y la movilización de las clases populares, que rompa con los dogmas capitalistas, la corrupción, el extractivismo y la dictadura del capital financiero.

Un gobierno así no podría resistir fácilmente al imperialismo si permaneciera aislado, pero la gran similitud de las situaciones en el sudeste asiático (las situaciones de Yakarta y Ciudad Ho Chi Minh son muy similares a la de Manila) permite esperar que una extensión de la lucha a varios países sería posible.

Nuestro mayor deseo es que nuestro Manifiesto aliente a la izquierda y a los movimientos sociales a desarrollar una alternativa de este tipo y a unirse en torno a ella.

Octubre 2025

Daniel Tanuro