Desde noviembre de 2024, los Balcanes han sido escenario de las mayores movilizaciones en más de 30 años. En Serbia, el derrumbe de la marquesina ferroviaria de Novi Sad llevó a estudiantes, trabajadores y trabajadoras a las calles en una afluencia sin precedentes en una generación, y allí se han mantenido durante dieciocho meses. En Bulgaria, las protestas contra el presupuesto de austeridad de 2026 —el mayor en décadas— derrocaron al Gobierno de Zhelyazkov en diciembre de 2025. En Albania, la oposición al complejo turístico de Zvernec, respaldado por Jared Kushner, pasó de ser un bloqueo de un pueblo en mayo de 2026 a convertirse en la «Revolución de los flamencos», con una de cada diez personas de la población nacional en las calles el 20 de junio y manifestaciones diarias en una docena de ciudades. En Bosnia-Herzegovina, las comunidades se resisten a las concesiones mineras otorgadas por ley sin tenerlas en cuenta.
No se trata de crisis nacionales aisladas. Son respuestas al mismo fenómeno: gobiernos de toda la región que venden tierras, minerales, litoral y mano de obra a cualquier potencia extranjera que pague, y que reprimen a la población que se opone.
Puede que Serbia se encamine hacia unas elecciones. Pero el presidente Aleksandar Vučić tiene la intención de pasar al cargo de primer ministro en lugar de abandonar el poder. Ni el Partido Progresista Serbio (SNS), en el poder, ni la oposición parlamentaria liberal han ofrecido una respuesta creíble a las reivindicaciones que han sustentado el movimiento de protesta liderado por les jóvenes desde noviembre de 2024: rendir cuentas por el desastre, poner fin al proyecto Jadar de explotación del litio y acabar con la impunidad por la violencia ejercida contra manifestantes. Si se celebran elecciones, les estudiantes y las demás campañas que han impulsado este movimiento deberían presentar a sus propios candidates —personas que representen directamente estas reivindicaciones— en lugar de dejar la papeleta en manos de políticos que no han sabido dar respuesta a ellas.
Vučić lleva años moviéndose entre Moscú, Pekín, Dubái y Bruselas, vendiendo el acceso a los recursos serbios a cada uno de ellos a cambio de que toleren su régimen. Albania y Montenegro han tomado el camino opuesto, compitiendo por ser los «pioneros» en la adhesión a la Unión europea (UE) mediante un cumplimiento incondicional —y, a pesar de ello, han sufrido el mismo patrón de despojo de terrenos públicos respaldado por potencias extranjeras—.
El proyecto turístico respaldado por Jared Kushner en Zvernec y la isla de Sazan, en Albania, es el caso más claro. Nuestra solidaridad está con las comunidades que defienden los humedales protegidos y los terrenos públicos frente a la expropiación, y con el movimiento de izquierdas Lëvizja Bashkë (Movimiento Juntes), que se ha movilizado contra el acuerdo del primer ministro Edi Rama con el capital de Kushner en ese terreno.
Ninguna de las dos estrategias —ni el equilibrismo de Vučić ni la docilidad de Rama— supone una vía para salir de la dependencia periférica.
Tres décadas después del acuerdo de Dayton, Bosnia-Herzegovina sigue siendo un protectorado occidental, bajo un Alto Representante extranjero (hasta ahora, siempre de la UE) facultado para pasar por encima de sus propias instituciones, controlando la soberanía del Estado desde capitales extranjeras al margen de la voluntad de la población. Los gobiernos de ambas entidades de Bosnia y Herzegovina están obsesionados con la misma política de gestión de los recursos que se observa en Serbia: una ley de 2024 en la República Serbia de Bosnia y Herzegovina privó a las comunidades locales del derecho a dar su consentimiento para la explotación minera en sus propias tierras. El líder de la República Serbia, Milorad Dodik, desafiando al tribunal estatal bosnio, ha ofrecido a Donald Trump acceso a materias primas a cambio del respaldo estadounidense a una secesión de la entidad de mayoría serbia de Bosnia y Herzegovina —a la que muy probablemente seguiría la unión con la propia Serbia—. En 2026, el Gobierno de la Federación Bosnia-Croata-Musulmana de Bosnia —tradicionalmente pro-UE y pro-OTAN— adjudicó un importante proyecto de gasoducto sin licitación pública a una empresa estadounidense sin experiencia previa en infraestructuras, pero con vínculos conocidos con Trump, lo que llevó al propio embajador de la UE a advertir de que las perspectivas de adhesión de Bosnia y Herzegovina y el acceso a las ayudas de la UE corrían ahora peligro.
En toda la región, los líderes apuestan ahora a que la administración Trump en Washington —a diferencia de Bruselas— les otorgará reconocimiento o un apoyo significativo a cambio de una parte de los recursos que yacen bajo sus pies.
La UE controla Kosovo mediante un mecanismo diferente: cinco Estados miembros de la UE —Chipre, Grecia, Rumanía, Eslovaquia y España— siguen negándose a reconocer su independencia, por razones que tienen su origen exclusivamente en sus propias políticas nacionales en materia de nacionalidad, más que en cualquier acción de Kosovo. Dado que la adhesión a la UE requiere el consentimiento unánime, esto bloquea indefinidamente la adhesión de Kosovo.
La crisis actual de Bulgaria demuestra que ni siquiera la adhesión plena resuelve los problemas de los Estados periféricos de la UE. Aunque forma parte de la UE desde 2007 y de la zona del euro desde enero de 2026, su Gobierno cayó en diciembre de 2025 bajo el peso de las protestas contra un presupuesto de austeridad.
La Cuarta Internacional apoya la reivindicación de que todos les ciudadanes europeas, independientemente de que su país pertenezca o no a la UE, tengan libre acceso a los bienes europeos, puedan viajar y tengan acceso a los mercados laborales —un acceso que ofrece beneficios materiales reales a las y los trabajadores, incluido el derecho al trabajo y a la libre circulación—. La Cuarta Internacional se opone a la Europa fortaleza y a sus políticas liberales, y defiende la libertad de circulación.
Pero esto no debe conseguirse a costa de renunciar a la capacidad de estos países para proteger la industria nacional, la agricultura, el suelo y las normas laborales. Tanto dentro como fuera de la UE, esto requiere una ruptura con las políticas actuales. Una relación comercial unidireccional y una «ciudadanía europea» que conlleva obligaciones pero no derecho a voto no es integración; es solo otra forma de la periferia que estos países ya ocupan.
La Cuarta Internacional rinde homenaje al valor de los movimientos que resisten en el terreno a esta explotación multifacética y hace un llamado a la solidaridad transfronteriza entre ellos, como lo exige la lucha contra el capital transnacional.
- Las elecciones en Serbia no sustituyen a la rendición de cuentas: ¡presentad candidates que representen a los movimientos, no a los partidos que les han fallado!
- ¡No al proyecto de explotación del litio en Jadar y a todo despojo de tierras y recursos balcánicos respaldado por intereses extranjeros!
- ¡Ni tierras, ni litoral, ni recursos públicos para Kushner ni para ningún oligarca —ya sea balcánico o extranjero, del Este o del Oeste!
- Acabemos con el protectorado del Alto Representante sobre Bosnia: por una auténtica soberanía popular.
- ¡No a la adhesión a la UE con obligaciones pero sin derecho a voto!
- ¡Sí al acceso al mercado y al mercado laboral de la UE en condiciones que protejan la industria nacional, la agricultura y a les trabajadores de los países balcánicos; no a un acceso que exija su sacrificio!
- Ni equilibrismo entre las grandes potencias ni integración incondicional: ¡soberanía para los pueblos de los Balcanes!
Declaración del Buró Ejecutivo de la Cuarta Internacional
19 de agosto de 2026